Las “tres erres”: Resistencia, Resentimiento y Revancha

Tomadas del Modelo “Darse Cuenta” de la Dra. Rivka Bertisch

Empezamos por resistir aquello nuevo que nos descoloca o molesta. Y, si no revertimos nuestra actitud en este punto, pasamos a resentirnos. Lo que empezó siendo una resistencia se va consolidando hasta que llega a ser un resentimiento más o menos velado.

Y por más que intentemos disimularlo, nuestros interlocutores perciben correctamente lo que sentimos aunque nos esforcemos por disimularlo con palabras por aquello de que el 93% de lo que comunicamos es no verbal; para ellos está clarísimo que estamos por algún motivo disconformes.

El problema es que, si no se da un estar bien y cómodo en el puesto de trabajo, no hay forma de ofrecer servicio al cliente. Además, a partir de la primera R tomamos un camino que, de no reconsiderarlo, nos conduce inexorablemente a la siguiente R. Y por supuesto que, mientras más avanzados estemos en el trayecto, más difícil nos resultará revertirlo hacia la cooperación.

En la etapa de Resistencia comenzamos por “desalinearnos” con nosotros mismos: nos limitamos a “aguantar” imposiciones reprimiéndonos y dejando de expresar nuestro sentir. Dejamos de ser honestos y congruentes; entonces los demás, que perciben el cambio, nos pierden la confianza. Para ellos ya no somos más confiables como lo éramos antes.

Nuestra resistencia se manifiesta, por ejemplo, cuando llegamos tarde a reuniones agendadas, o las diferimos u olvidamos, cuando callamos en momentos en que deberíamos hablar, cuando aplazamos decisiones importantes distrayéndonos con temas de interés secundario o cuando atendemos al cliente o a quien fuera a desgano, todas actitudes que tienen como común denominador una patente falta de transparencia.

Cuando ingresamos en el estado de Resentimiento, ya estamos enojados, furiosos y no podemos analizar más las situaciones con claridad. Por eso faltamos directamente a las reuniones, agredimos a los otros, nos negamos a atender, nos centramos sólo en los problemas o hablamos a espaldas de nuestros colegas o jefe.

En la fase de Revancha, perdemos directamente el control de nuestra conducta, empezamos a jugar el juego del otro, la acción del otro pasa a condicionar absolutamente la nuestra. Después sobreviene la enfermedad, la pérdida del trabajo, el accidente, la ruptura de relaciones, todas desgracias que no suceden precisamente por casualidad.

Nosotros fuimos atrayéndolas con nuestro comportamiento, que suele manifestarse a niveles de obstaculizar el trabajo frontalmente, mentir e incluso extorsionar o amenazar a la empresa o al personal.

Cuando nos acomodamos en alguna de estas tres R, estamos jugando a ser víctimas porque de alguna manera esto nos trae un beneficio, cuanto menos el de evitar el temor que nos produce ser claros. Hay en nosotros una comodidad, una conveniencia disfrazada, una opción por no arriesgar y por usar a los otros como excusas.